Un Café para la Bestia.

Imágenes en su mente, ineludibles. No era religioso, pero Oscar pidió a un ser superior lo imposible: Que ese extraño ser peludo, de ojos amenazantes y colmillos afilados no estuviera detrás de las puertas cerradas de la despensa. Cada vez que las abría ahí estaba, alimentándose de un tarro de café instantáneo. La última vez que ordenó su compra semanal vía internet agregó al carro de compras 4 tarros, mucho más de lo que hace un mes hubiera comprado. Pero este ser, a quien nuestro ansioso protagonista puso por nombre Pepe, cada vez consumía más de ese polvo marrón. Podríamos pensar que de no alimentar a su inquilino, éste moriría de hambre pero Oscar ya lo había dejado pasar hambre y vaya horror que vivió. Esa noche a las 3 de la mañana despertó con las rodillas congeladas y con dolor en lo más profundo de sus huesos, seguido de una sensación de calor que escurría por su piel. A la luz de la luna llena vio a Pepe clavando sus colmillos en su rótula, dejando una herida y un charco escarlata en sus sábanas. Esta imagen fue terrible pero breve. Al despertar se sintió fatigado y somnoliento, sintiendo un hambre incontrolable por cafeína. En ese momento comprendió: La bestia que habitaba en su hogar había absorbido su alimento de las venas. ¿Cuál era el origen de Pepe? Mejor no haber sabido: Conocer su historia revelaba el fatal destino de Oscar. En su barrio hubo 2 muertes misteriosas el mes pasado. Lo común entre ambas víctimas eran heridas en las rodillas por mordidas de una misteriosa mandíbula y una despensa llena de tarros de café vacíos. Cuando la voraz hambre de la criatura superara el suministro de su alimento, la más fea vendría por un baile. Pasaron los días y los recipientes de café ya no cabían en la cocina y, a modo de cuenta regresiva, temía cada salida de la luna y se aliviaba con cada amanecer agradecido de un día más de vida. Desesperado, puso dentro de los tarros distintos tipos de venenos y tóxicos para que Pepe los consumiera, sin embargo, estos compuestos que hubiesen eliminado a cualquier animal no hicieron mella. Resignado, Oscar a la luz de su reloj digital indicando las 3:33, sintiendo sus rótulas fracturándose, en su celular programó un correo electrónico para las 8 am dirigido a su jefa: “Estimada Gloria, no podré atender los clientes hoy, pero tranquila pues dejé a alguien a cargo. Ni siquiera la muerte impidió mis labores. Atentamente, el empleado del año. Oscar”.

Deja un comentario